Como si fuera un signo premonitorio, la actual ola de protestas en Nicaragua fue precedida por un gran incendio: a principios de abril, la reserva natural de Indio Maíz en el sur del país había perdido 5.000 hectáreas. Este acontecimiento ya fue instrumentalizado para hacer creer ¡que el gobierno de Daniel Ortega tenía interés en aprovechar este drama medioambiental!

En el origen de esas sospechas estaba el rechazo de la ayuda propuesta por uno de los países vecinos, Costa Rica, mientras que el gobierno había preferido, por razones técnicas, aceptar la ayuda de México. Y así fue como se desencadenó la primera fase de la diabolización del presidente Daniel Ortega. Luego, tras una protesta contra la reforma de las pensiones, se lanzó la espiral de propaganda masiva.

Poco importa lo que diga o haga, el gobierno nicaragüense ha sido condenado de antemano. Hay un aire de déjà vu: de acuerdo con el discurso eurocéntrico de nuestros medios, un líder del Sur sería incapaz de gobernar de acuerdo con los valores de nuestras queridas “democracias”. Pero ¿por qué siempre se dispararían en el pie, dando un pretexto ideal a sus oponentes?

Siempre que los medios privados hablan de Evo, Lula, Correa, Maduro u Ortega, le toca al acusado proporcionar pruebas de su inocencia. Y, sin embargo, nunca sucede lo mismo para los dirigentes del Norte, que disfrutan de un trato especial. Cuando Bush decidió invadir Iraq, fue suficiente pedirle a su vocero que hiciera una pequeña escena en las Naciones Unidas. A los millones de pacifistas reunidos en todo el mundo les hubiera gustado ver a los medios pronunciarse unánimemente y declarar ilegal esa guerra. Depende de nosotros el permanecer vigilantes para evitar la siguiente.

En cuanto a los sectores de la oposición insurreccional en Nicaragua, las generaciones más jóvenes no deben engañarse. Llamarse a sí mismo “la resistencia”, crear simulacros de “guerrilla urbana”, y gritar que “el fin de la tiranía se acerca” puede ser estimulante y romántico para unos jóvenes ansiosos por escribir una página de la historia de su país, pero eso no es suficiente para hacerse legítimo de cara al pueblo. El gobierno del FSLN fue elegido democráticamente en tres ocasiones. El camino recorrido desde las horas oscuras de las dictaduras latinoamericanas de los años sesenta y setenta no debe tomarse a la ligera. Los lemas a favor de la democracia bajo una forma abstracta y en contra de la “dictadura” revelan una matriz ideológica de la cual podemos seguir perfectamente las huellas. ¡Sigan el dinero!

La historia latinoamericana contemporánea ha estado marcada por cambios de régimen que se han basado en el apoyo inestimable de las administraciones estadounidenses como parte de una “doctrina de seguridad interna” surgida durante la Guerra Fría. Cuando la administración Trump condena a un país latino y lo castiga con sus sanciones, nunca se trata de la justicia social, la lucha contra la corrupción o la defensa de la democracia y la libertad. Tampoco del derecho al desarrollo o la calidad de los servicios públicos. Este discurso humanitario es solo el escaparate de una intervención abierta o encubierta a favor de los intereses de sus propias multinacionales, y esto para evitar el surgimiento de un mundo multipolar.

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