40/19, Iritzia / Opinión

19 elementos para reflexionar en este 40/19

Por Luis Baños, Revista Crisis (*)

1–. La guerra ha acompañado buena parte del último siglo de vida nacional, construida en torno a la exclusión de los asuntos públicos de una parte significativa de la población y con una notable injerencia externa.

2–. El sentido patrimonial del Estado ha estado muy presente desde la independencia. Un puñado de familias (Somoza, Chamorro, Alemán…) se han repartido como botín las principales instituciones del Estado sobre la base primordial de la apropiación de la tierra (entendido en el sentido amplio que le daba Gramsci), y han construido partidos en torno a ellas y le han cerrado el paso a la expresión de la soberanía popular.

3–. El proyecto sandinista (con todas sus diferencias, complejidades y contradicciones, por supuesto) ha contribuido enormemente a derribar esas barreras de clase (casi de casta), aunque para hacerlo tuviera que integrar a parte de esa élite y a su vez fuera permeada por sus lógicas. Lo que no tiene nada de extraño si asumimos que se constituyó un Frente Nacional muy amplio que incluía incluso a franjas de la oligarquía anti-somocistas.

4–. El imperialismo no es un invento ni un fantasma, ha acompañado toda la Historia de Nicaragua desde su independencia hasta el presente. El propio Sandino nace a la vida política oponiéndose a la intromisión de los EEUU en Nicaragua.

5–. El sandinismo, ya liderado por Daniel Ortega, entregó el gobierno en 1990 a la oposición tras una larga guerra que minó su década de gobierno. Para la administración Reagan era tan relevante la derrota del FSLN que trianguló un complejo plan de financiación para armar a la «contra». La reciente «Nicaragua Act» no es por tanto una reacción norteamericana y humanitaria frente a una descomposición del sandinismo, sino una etapa más de un largo proceso histórico de injerencia.

6–. Nadie puede acusar al FSLN de no haber estado abierto a los acuerdos políticos, de hecho los ha alcanzado con prácticamente todos los actores que el pasado año participaron o avalaron la violencia aspirando a pescar en río revuelto (Iglesia católica, cámaras empresariales, liberales, incluso la derecha más dura). El FSLN, con estos acuerdos basados en un amplio diálogo nacional, apuntó a resolver buena parte de los problemas derivados de la guerra.

7–. No es cierto que el FSLN no tenga voluntad democrática, sí lo es que siente que el precio a pagar por la paz ha sido tan alto que no la puede rifar al mejor postor y dejar que se introduzca de nuevo la violencia como principal forma de hacer política.

8–. El conflicto central que ha marcado a Nicaragua nunca ha sido democracia vs dictadura, ni siquiera en los tiempos más oscuros del somocismo, tampoco lo es ahora. Se trata de proyectos de país e intereses de clase en disputa, que se solapan con conflictos. Sí, por el acceso al Estado de familias tradicionales o nuevas.

9–. Qué duda cabe de que el liderazgo de Daniel Ortega se enmarca en la tradición caudillista latinoamericana con raíces precolombinas y coloniales, y que entronca con el sentido patrimonial del Estado ya citado.

10–. Personalizar la crítica a un proceso en la crítica de su líder, dejando en un segundo plano (o ignorando completamente) las dinámicas y los factores sociales, culturales, económicos… también es un pensamiento en buena medida deudor de esa tradición caudillista. La familia Ortega ya se ha convertido en una de las «grandes familias» de Nicaragua por su vinculación al Estado, pero equipararla a los Somoza es obviar el proceso histórico y la relación de ambos con los medios de producción.

11–. Durante el periodo de inestabilidad iniciado con las protestas antigubernamentales de abril de 2018, los análisis se centraron en la personalidad de la pareja presidencial y el relato de los combates callejeros… se echó en falta lo más relevante: un análisis de las fuerzas sociales y políticas en el conflicto y lo que hay en juego para el futuro de Nicaragua más allá de si sigue Ortega o no.

12–. Disidentes del sandinismo siempre los ha habido, con mejores y peores razones. Cardenal no fue el primero ni el más destacado. Recordemos, por citar sólo a uno, a Edén Pastora, el famoso «comandante Cero».

13–. «¿Cuándo se jodió el sandinismo?», diría el ínclito Vargas Llosa. Algunos llevan muchos años extendiéndole el certificado de defunción, pero una revisión de la hemeroteca es útil para desmontar los mitos de quienes idealizan el FSLN de antaño en la lógica de «todo pasado fue siempre mejor». Un ejemplo ilustrativo: cómo se enfrentó la colaboración en los años 80 de las principales autoridades de la etnia miskito con la «contra», supusieron como respuesta una práctica aniquilación que las proto-ONG de su tiempo denunciaron como limpieza étnica. Por lo demás ¿Alguien podría nombrar algún proceso social (más a uno desarrollado en contexto de guerra) exento de tensiones, contradicciones, conflictos? ¿o alguno que podamos calificar de blanco y prístino?

14–. El último periodo de gobierno del FSLN (de 2006 hasta la fecha) se ha caracterizado por una estabilidad política inédita en el país y un alto crecimiento económico (a razón del 7% anual), que se ha repartido de manera bastante equitativa gracias a la reforma agraria, la existencia de una estructura fiscal progresiva, una amplia red de educación pública y salud universal y la instalación de un sistema de Seguridad Social muy avanzado (de reparto solidario y aporte tripartito, en que el principal aporte lo hace el empleador).

15–. La ausencia de proyecto más allá de la salida del FSLN del gobierno, es notable en la oposición, hasta ahí llega su programa y su unidad. El discurso anti-Ortega y la habilidad para presentar mediáticamente toda víctima de la ola de violencia como responsabilidad del Estado, consiguió opacar las graves violaciones al derecho internacional humanitario cometidas durante los «trancones» (torturas, quema de edificios y personas identificadas con el sandinismo o con el Estado), sobre los que se ha pasado de puntillas o, peor, se le ha achacado la responsabilidad a las fuerzas del Estado. Pero no hay mucho que la oposición pudiera ofrecerle a los nicaragüenses, cansados de la violencia y deseando retornar a la tranquilidad.

16–. Quienes hoy se muestran como «sandinismo renovado», en los 90 siguieron el mismo camino de quienes en otras latitudes renegaron del socialismo y se lanzaron a investigar inexistentes «terceras vías» entre una socialdemocracia ya bastante deslavazada y un capitalismo cada vez más salvaje en ausencia de contrapesos. Y por cierto, fueron quienes lideraron la famosa «piñata», la transa con bienes públicos tras la salida del gobierno en el 90.

17–. Lo que más ha cambiado en estos casi 40 años no ha sido el sandinismo sino el mundo. La derrota electoral del FSLN frente a la UNO de la Chamorro tuvo lugar en paralelo a la caída del Muro.

18–. De hecho, el sandinismo no ha envejecido peor a como ha envejecido el mundo. Nicaragua es de los pocos Estados de la región que está resistiendo el embate de la oligarquía tradicional, los nuevos monopolios y la lumpenburguesía que hace negocios forzando incluso la muy precaria legalidad para aplicar irrestrictamente su agenda como socios menores del imperialismo. Además, Nicaragua es, junto a Costa Rica, el eslabón más débil de la ruta del narcotráfico desde la producción en Sudamérica al consumo en Norteamérica. Es decir, visto desde la otra orilla, es el eslabón más fuerte en el resguardo contra esa lacra. Claramente, hay mucho déficit y tareas pendientes (el aseguramiento de los derechos sexuales y reproductivos es uno de ellos) pero el balance general, sobre todo en la comparación con sus vecinos, es muy positivo.

19–. En un panorama centroamericano marcado por la crisis de supervivencia de la propia forma Estado y la agudización de la confrontación política; con los partidos tradicionales de la oligarquía manteniéndose sólidos y atrayendo a la nueva lumpen–burguesía y figuras construidas por los medios como Jimmy Morales en Guatemala (ya caído en desgracia tras ser elevado en la cresta de la ola) o Nayib Bukele ahora en El Salvador (en pleno pico de popularidad), haciendo bandera de la antipolítica y la falta de proyecto histórico, el eje MORENA (México) – FSLN (Nicaragua) – FMLN (El Salvador) – LIBRE (Honduras) y las alianzas que impulsan y orientan, es el eje de la esperanza.

(*) Analista internacional, con un pie en América Latina y otro en Andalucía. Participa desde hace 20 años de movimientos populares rurales y urbanos y últimamente ha desempeñado responsabilidades en el área de la Economía en gobiernos locales.

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