Analisia, Venezuela

Miedo y asco del periodismo antichavista: la miseria contraataca

Cuando se piensa que la oposición venezolana no podía llegar a nuevos picos de miseria, logra poner una nueva cereza a todo lo hecho en los últimos años.

La negación del bloqueo impuesto por los Estados Unidos cabe como un mantra en sus vocerías y los medios de comunicación y propaganda que hacen eco de las noticias falsas con un sólo y único objetivo: la entrega del país al capital estadounidense, ávido de mantener su lugar de privilegio en América Latina y el mundo frente a la «amenaza china».

Tal actitud va de la mano con el saqueo de los bienes públicos venezolanos, de la mano de un corretaje de sicarios financieros y buitres que sobrevuelan en torno a las riquezas petroleras cual carroña de oro negro. El silencio mediático en este terreno es escandaloso, pues aquí funge como juez y parte y criminaliza todo lo que huela a chavismo y postura soberana.

De esta forma, los periodistas que día a día se llenan la boca de Venezuela son cómplices de los crímenes de lesa humanidad que se cometen para que en este país no lleguen los bienes necesarios para la subsistema, en el contexto de crisis social y económica que se vive.

Pero no se trata sólo de la omisión evidente de los voceros antichavistas, que traspasan las fronteras nacionales, bajo el manto sagrado de los medios corporativos, siempre en negación de que existen factores externos que imposibilitan la importación de alimentos y medicinas en el mercado internacional controlado por Occidente.

Es también el abuso de las personas víctimas de la agresión. Las cuotas de responsabilidad del Gobierno Bolivariano de la situación actual están a la palestra pública, pero el martillo que golpea el yunque tiene nombre y apellido: Estados Unidos. El yunque es la población que hace vida en Venezuela. Y quienes usufructúan las miserias de la gente no sólo están en Nueva York, Washington y Miami, sino también en Caracas, sobre todo.

La promoción del bloqueo económico, financiero, comercial, diplomático que sufre nuestro país es del tamaño de su blanqueamiento por parte de los periodistas antichavistas, quienes han quemado de manera virtual los códigos de ética y veracidad de su profesión como los nazis extendieron sus hogueras con libros y objetos identitarios para negar al Otro.

Cada uno de esos periodistas tiene su cuota de responsabilidad ante la propagandización incesante de la muerte y la enfermedad que lentamente padecen las víctimas del bloqueo, empujando a la destrucción de un país que dicen amar. Siempre desde su zona de confort, guapos y apoyados por los dólares de la NED, la USAID o el Departamento de Estado. La divisa estadounidense es su verdadera divisa.

A Guaidó no le duele la muerte lenta de pacientes oncológicos: más bien las utiliza como motivo para una mayor atención de los medios internacionales sobre la cuenca del Caribe. Y, por supuesto, éstos no se hacen rogar ante una nueva oportunidad de criminalización de los esfuerzos que hace el chavismo para mantener a flote el gran barco que llamamos Venezuela.

Es allí donde la miseria emerge como un factor decisivo para la obtención de likes y retuits que el autoproclamado «periodismo independiente» se nutre y se hace acreedor de la complicidad criminal que empuja a John Bolton y Marco Rubio hacia los escenarios de guerra y hambre que tanto ansían.

En este punto es que uno se pregunta: ¿Desde cuándo Claudio Fermín tiene más dignidad que Luis Carlos Díaz, Luz Mely Reyes e Isnardo Bravo?

Y también: ¿Veremos alguna vez justicia, aunque sea poética, para estos «heraldos de la libertad de prensa»? ¿Es mucho pedir un mea culpa por augurar «7 millones de muertos» por el bloqueo impuesto? ¿O sólo existe verdugo para los Julian Assange de este mundo?

Augusto Márquez

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